A veces uno no se da cuenta de cuánto camino ha recorrido hasta que alguien lo cuenta desde fuera. Esta semana, el diario Valencia Plaza publicó un reportaje sobre nosotros, sobre cómo comenzó Kuzina, y sobre aquella decisión que, vista ahora, parece más grande de lo que nos pareció entonces: dejar Grecia e Inglaterra para empezar de cero en Valencia.
Verlo escrito ha sido emocionante. Nos ha recordado los primeros días, los nervios, las reformas, las noches sin dormir. Y también todas las personas que, de una forma u otra, nos acompañaron hasta hoy.
Cómo empezó todo: dos Erasmus y una hoja de Excel
Lydia nació en Eaton, un pueblo de veinte casas cerca de Liverpool. Tenía vínculos con Valencia desde siempre: su abuelo Manolo, pintor y bohemio, nació aquí en 1926 y la familia había tenido casa cerca de Gandia durante décadas. Cuando pidió su Erasmus, Valencia no estaba en la lista oficial de destinos — la pidió expresamente y se lo concedieron.
Alkis nació en Kiato, en el istmo de Corinto, en el Peloponeso. Estudió Empresariales y vivió años como nómada entre Valencia, Inglaterra, Marruecos, Egipto y Turquía. También vino de Erasmus a Valencia. No se conocieron en ninguna noche de jueves en la plaza de Honduras — hicieron match. Lo demás vino después.
Les gustaba fijarse en cómo funcionaba el restaurante. Muchas veces llegaban a la conclusión de que ganarían mucho tiempo si pusieran los cubiertos en otro punto.
Valencia Plaza · Fernando MiñanaDurante años siguieron con sus trabajos — Lydia en marketing para una empresa de moda, Alkis como técnico de calidad para una cadena de supermercados británica con sede en Valencia — y con un juego de fin de semana: salir a cenar y fijarse en cómo funcionaba el restaurante. Entre broma y broma, Alkis, que es de esas personas que son felices frente a una hoja de Excel, empezó a calcular dos columnas: gastos e ingresos.
de Kuzina
actual en Almodóvar
las niñas en casa
El día que todo encajó de repente
En 2016, la empresa intentó que Alkis se mudara a Murcia. Fue la señal que necesitaba para salir de ahí. Encontraron un local en la calle del Salvador — el que hoy ocupa Toshi, el antiguo cocinero del Seu Xerea — y decidieron abrir Kuzina. El día que iban a empezar las reformas, Lydia recibió la noticia de que su empresa de moda cerraba y la despedían. Casi por casualidad, los Strimenos se convirtieron en hosteleros.
En dos años el local se quedó pequeño. El problema no era el aforo: era el almacén. Alkis lo trae todo de Grecia — la sal, el orégano, el aceite, los quesos — y en aquel espacio tan pequeño, no cabía. El dueño del Seu Xerea, Steve Anderson, que venía a comer a su barra, les ofreció su local. En 2018 se trasladaron a la calle Comte d'Almodóvar, donde siguen.
Dos bodas, dos países, tres idiomas
Al año de abrir el restaurante, se casaron. Primero una boda civil en Inglaterra, con muchos griegos en una casa rural que pensaban que estaban en un escenario de James Bond. Al verano siguiente, boda por la iglesia en Grecia. La madre de Alkis insiste en que esa es la oficial.
Luego vinieron Amelia y Lyra. En casa hablan en español entre ellos, Lydia les habla en inglés y Alkis en griego. Las niñas crecen trilingües con total normalidad. Durante la entrevista de Valencia Plaza, Lyra, de dos años, aparecía de vez en cuando en el salón reclamando a sus padres — habían pactado portarse bien a cambio de salir a chapotear en los charcos con las botas de agua.
Del covid se salvaron porque su clientela es valenciana. Nunca cedieron a la tentación de rendirse al turismo, a los precios bajos y la calidad baja.
Valencia Plaza · Fernando MiñanaLo que nos ha mantenido aquí
La pandemia, la guerra de Ucrania, la DANA. La hostelería no ofrece muchos respiros, y Kuzina los ha vivido todos desde este rincón de Ciutat Vella. Pero hay algo que el artículo de Valencia Plaza recoge con precisión: nunca cedimos a la tentación del turismo fácil. No redujimos la carta en Fallas, no subimos los precios en temporada alta, no convertimos el restaurante en otra cosa para sobrevivir. Cuando el Covid vació los aeropuertos, fue la gente del barrio y de Valencia la que volvió. Eso no se improvisa.
Estar tan cerca de la plaza de la Virgen tiene sus retos — el aparcamiento es una pesadilla, en Fallas la noche es imposible desde que cambiaron los castillos — pero este barrio es nuestro. Y Valencia, hace tiempo que es nuestro hogar.